Mientras los alumnos recorren kilómetros de barro para llegar a clases una vez por semana, una flamante construcción aguarda sin uso en medio de la selva. La comunidad hizo realidad el proyecto; ahora depende de una decisión oficial para que abra sus puertas.
En Colonia San Isidro Labrador, en el corazón de la selva misionera, una comunidad de 80 familias levantó con sus propias manos la escuela para sus más de 40 hijos. A esas familias no les sobra nada, pero asumieron el trabajo y los costos de la obra cuando se dieron cuenta que nadie iba a ayudarlos. Hoy el edificio está terminado, pero permanece vacío: las autoridades educativas todavía no asignaron maestros para ponerlo en marcha.
San Isidro Labrador es una comunidad joven de colonos que llegaron al lugar en busca de un futuro. La mayoría trabaja en la cosecha de la yerba, uno de los trabajos más duros que hay. Durante la zafra, cargan sobre sus hombros raídos o ponchadas —bolsones gigantes— que pesan entre 50 y 100 kilos. Para que el día rinda, deben acarrear varios por jornada.
Los padres buscan quebrar ese destino de sacrificio a través de la educación, pero la zona no tenía escuela. Las instituciones más cercanas quedan a horas de caminata o moto por picadas que el barro vuelve intransitables y aunque anotaron a los chicos allí, las distancias hacían que solo pudieran asistir una vez por semana.
Fue justamente debido a ese aislamiento que la comunidad formó una comisión para pedir la apertura de un aula. La respuesta oficial fue un laberinto burocrático: los mandaron de una oficina a otra sin obtener respuestas. Fue entonces cuando tomaron una decisión extrema: construir el establecimiento con sus propias manos.

Para comprar los materiales organizaron colectas, bailes y campeonatos de fútbol en donde el premio era un lechón. Con esos fondos y el aporte del Sindicato de Tareferos, levantaron la estructura en solo dos meses, replicando el diseño de madera típico de las escuelas rurales de la provincia.
En una economía de subsistencia basada en la yerba, el maíz y la caña de azúcar, los ingresos son mínimos. Aun así, las familias priorizaron la obra: destinaron a las aulas materiales y techos de zinc que ni siquiera tienen en sus propias casas, a la espera de un maestro que el Estado todavía les niega.


